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Dossier sobre el Caso Enric Marco

PIEDRA DE TOQUE :

Espantoso y genial

Mario Vargas Llosa

Diario El País, 15 de mayo de 2005

El historiador Benito Bermejo, residente en Viena, debe ser muy quisquilloso, uno de esos espíritus rectilíneos e implacables en la búsqueda de la verdad. Sólo a alguien así se le hubiera ocurrido ponerse a averiguar si en los archivos de los campos de exterminio nazi de Mauthausen y de Flossenburg aparecía el nombre de Enric Marco, el más visible y publicitado del puñadito de deportados españoles que sobrevivió al horror pardo, víctimas del cual perecieron, en aquellos y otros campos de aniquilamiento hitlerianos, siete mil de sus compatriotas.

Enric Marco, nacido en 192l, conocido como “el deportado número 6,448”, era presidente de la asociación Amical Mauthausen que cuenta con 650 socios en España, cargo para el que había sido reelegido el 1 de mayo, y se encontraba ya en Austria, rumbo a Mauthausen, para participar en las ceremonias conmemorativas de los 60 años del fin del nazismo, a las que iba a asistir Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno español, cuando el historiador concluyó su rastreo y elaboró su informe. Marco tenía, en su bolsillo, el discurso que había preparado para leerlo en aquella ocasión. Desconcertada, estupefacta con las conclusiones de Bermejo, la Amical de deportados españoles pidió a su presidente que, mientras se aclaraban las cosas, regresara a España. Su discurso lo leyó en Mauthausen otro deportado, Eusebi Pérez.

En Barcelona, conminado por los miembros de la Amical Mauthausen a presentar pruebas que desmintieran a Bermejo, Enric Marco confesó que aquel había descubierto la verdad: era un impostor, nunca había estado en un campo de concentración nazi, desde hacía 30 años engañaba a todo el mundo. ¡Y de qué manera!

En 1978 había publicado su autobiografía, Memorias del infierno, en la que narraba con atroz dramatismo las infinitas crueldades, humillaciones y vejaciones de toda índole que padecían los deportados antes de ser exterminados por sus verdugos nazis en los campos de concentración. Como miembro de la Asociación de Padres y Madres de Alumnos de Cataluña, de la que fue vicepresidente 20 años, el incansable Enric Marco daba unas 120 charlas y conferencias cada año en los colegios, educando a los jóvenes sobre los crímenes y atropellos cometidos por el totalitarismo nazi. Sus empeños fueron reconocidos y premiados por las instituciones democráticas de múltiples maneras. La Generalitat de Cataluña, por ejemplo, le otorgó en 2001 la Cruz de Saint Jordi por toda una vida entregada a la lucha antifranquista y sindicalista. Y el 28 de enero de este año, Enric Marco fue recibido por el Congreso Nacional de España, donde su desgarrador testimonio causó una profunda impresión en todos los parlamentarios, con evocaciones como ésta: “Cuando llegábamos a los campos de concentración en esos trenes infectos, para ganado, nos desnudaban, nos mordían sus perros, nos deslumbraban sus focos. Nosotros éramos personas normales, como ustedes. Nos gritaban en alemán links, recht –izquierda, derecha. No entendíamos, y no entender una orden podía costar la vida”. Las cámaras de la televisión mostraron que a algunos congresistas españoles, como Carme Chacón, la joven vicepresidenta de la Cámara Baja, las palabras del sobreviviente del infierno les llenaban los ojos de lágrimas.

¿Cómo pudo engañar a tanta gente por tanto tiempo? ¿Cómo pudo llegar a los 84 años de edad que ahora tiene sin que ni su propia esposa y sus hijas llegaran a sospechar que toda su biografía pública era un embauco monumental? Da vértigo imaginar el esfuerzo de memoria y las invenciones constantes que tuvo que hacer a diario, para no caer en contradicciones que lo delataran ni despertar recelos. Debió de vaciarse de sí mismo y reencarnarse en el fantasma que se fabricó. Lo más extraordinario es que engañara a quienes estaban mejor equipados que nadie para desenmascararlo: las españolas y españoles que sí habían vivido el horror concentracionario y escapado poco menos que de milagro a la muerte. Los engañó tan bien que lo convirtieron en su portavoz y dirigente, a lo largo de muchos años. Para perpetrar una farsa de este calibre no basta carecer de escrúpulos; es preciso ser un genio, un fabulador excepcional, un eximio histrión.

Desde que la noticia salió a la luz, hace pocos días, leo en los diarios, escucho en las radios y veo en la televisión todo lo relativo a Enric Marco con la fascinación que me han merecido las novelas más queridas. Las explicaciones que ofrece sobre su proceder tienen un inconfundible saborcillo borgiano y él mismo parece un tránsfuga de la Historia universal de la infamia. Según su amañada biografía, él fue uno de los republicanos españoles que salió al exilio, al término de la guerra civil, a Francia, donde, como muchos compatriotas suyos, se incorporó a la resistencia al comenzar la Segunda Guerra Mundial para luchar contra los nazis. Entonces, cayó en manos de la Gestapo, que, luego de torturarlo, lo envió a los campos de Flossenburg y de Mauthausen, de donde lo liberaron las tropas aliadas en 1945. En esta fecha, entró clandestinamente a España, enviado por la CNT, a luchar contra la dictadura franquista. En 1978, el ficcionista llegó, aunque ustedes no lo crean, a ser elegido secretario general de esa central sindical.

Aunque su verdadera historia probablemente no se conocerá nunca, lo que Enric Marco reconoce ahora es que en 1942 salió de España, como voluntario, para ir a trabajar en las industrias de la Alemania nazi. Y que allí, por violar la censura, fue capturado por la Gestapo, que, en vez de enviarlo a los campos, lo retuvo y torturó en sus calabozos, de los que salió en 1943. ¿Por qué se fabricó la falsa identidad de deportado? “Por una buena causa”: para poder ser más convincente y efectivo en sus campañas contra el totalitarismo, para que sus esfuerzos encaminados a alertar las conciencias contra los crímenes del nazismo y sobre los suplicios y el coraje de los deportados fueran más persuasivos y dejaran una huella más imperecedera en la memoria de las gentes. Aunque reconoce que mintió, no se arrepiente. “Todo lo que cuento lo he vivido, pero en otro sitio; sólo cambié el lugar, para dar a conocer mejor el dolor de las víctimas”. “Nadie tiene derecho a decir que el dolor en una cárcel de la Gestapo no es igual que el dolor en un campo de concentración”. “Cambié el escenario, pero yo también soy un superviviente. ¿Cómo se atreve alguien a decirme que yo no era de los suyos sólo porque no estuve en un campo de concentración?”.

Los auténticos deportados no parecen nada convencidos por estas razones y, como es natural, hablan con amargura y tristeza del engaño de que han sido víctimas. La Generalitat se ha apresurado a quitarle a Enric Marco la Cruz de Sant Jordi y distintas asociaciones amenazan con llevarlo ante los tribunales por la larga impostura que encarnó. Todo lo cual, ética y cívicamente, parece de justicia.

Sin embargo, a la par que mi repugnancia moral y política por el personaje, confieso mi admiración de novelista por su prodigiosa destreza fabuladora y su poder de persuasión, a la altura de los más grandes fantaseadores de la historia de la literatura. Éstos fraguaron y escribieron la historia del Quijote, de Moby Dick, de los hermanos Karamazov. Enric Marco vivió e hizo vivir a cientos de miles de personas la terrible ficción que se inventó. Ella se hubiera incorporado a la vida, pasado de mentira a verdad, integrado a la Historia con mayúsculas si el historiador Benito Bermejo, ese aguafiestas, ese maniático de la exactitud, ese insensible a las hermosas mentiras que hacen llevadera la vida, no hubiera empezado a hurgar los archivos del III Reich en busca de precisiones y datos objetivos, hasta desbaratar y poner fin al espectáculo que, en el escenario de la vida misma, venía representando desde hacía 30 años, con formidable éxito, el ilusionista Enric Marco.

Todo esto lleva a reflexionar sobre lo delgada que es la frontera entre la ficción y la vida y los préstamos e intercambios que llevan a cabo desde tiempos inmemoriales la literatura y la historia. Enric Marco tiene los pies firmemente asentados en ambas disciplinas y será muy difícil que alguien consiga separar lo que en su biografía corresponde a cada uno de esos ámbitos. Como en las mejores novelas, él se las arregló para fundirlos en su propia vida de manera inextricable. Él mismo es una ficción, pero no de papel, de carne y hueso.

En mi primero o segundo año de universidad tuve que hacer un trabajo sobre la Amazonía y entre los libros que consulté figuraba uno, de geografía, escrito por un sacerdote, el padre Villarejo, que había recorrido esa región al revés y al derecho, pernoctado en las tribus y aprendido, incluso, creo, algunos dialectos. El libro no lo he olvidado porque en él se daba valor científico, realidad monda y lironda, a animales y plantas imaginarios, que existían sólo en las leyendas y mitos del folklore amazónico. Estoy seguro de que, a diferencia de Enric Marco, el padre Villarejo no quería engañar a nadie y seguramente su vocación científica lo hacía desconfiar de la ficción. Simplemente, tomó como verdades objetivas las informaciones recogidas en sus viajes de boca de unas mujeres y unos hombres para los que todavía no existían esas barreras racionales, estrictas, entre lo objetivo y lo subjetivo, la vigilia y el sueño, la verdad y la mentira, la magia y la ciencia, inexistentes en el mundo primitivo. De esta manera, su manual de geografía, sin quererlo él ni saberlo, abrió una puerta a la invención y a la fantasmagoría, y hoy día, aunque los científicos lo descarten, existe, como parte de la literatura, y, más precisamente, del realismo mágico.

Señor Enric Marco, contrabandista de irrealidades, bienvenido a la mentirosa patria de los novelistas.

Mario Vargas Llosa, 2005.

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